miércoles, 24 de marzo de 2010

VOLVER A TENER UN HOGAR

Había pasado algún tiempo desde aquel día que me llevaron a mi nueva residencia, a la edad de nueve años.

 Mi abuela paterna que se encargó de mí tras la muerte de mi madre a los dos años, enfermó de gravedad, y me sacaron de su casa deprisa, sin apenas tiempo para pensar que harían conmigo.

Recuerdo con tristeza, la disciplina férrea a la que fuimos sometidas todas las niñas, que en aquella época vivíamos en aquel “hogar rural”, como así se llamaba.

Mi padre, un hombre joven, enviudó al poco de mi nacimiento. Por circunstancias de la vida, se vio obligado a vivir lejos de mí. Sólo podía verme cuando sus obligaciones laborales se lo permitían, y si había dinero para viajar 200km en autobús. (Hablo de los años 50).

Durante los cuatro años que duró mi estancia en aquella residencia, mi evolución natural era lenta, muy lenta físicamente. Emocionalmente carente de afectos que a esa edad todos los niños necesitan.

Recordaba con anhelo la casa de mis tíos tan llena de vida, de niños, todos más pequeños que yo, ¡¡¡Cómo disfrutaba yo, en aquella casa!!!

En una visita que hizo mi padre al “hogar,” me vio tan escuálida, tan enclenque, tan mal, que pensó que tenía que hacer algo conmigo o me moriría.

Decidió que lo mejor que podía hacer por mi, era sacarme de aquel lugar. Yo no necesitaba solo comer, necesitaba afecto, cariño, un beso al acostarme, una mano que me acariciara, cuando estaba triste, una sonrisa cómplice, tras alguna ingenua travesura, una regañina a tiempo….

Así que se armo de valor, se tiro a la plaza, (en términos taurinos) y a buscar una madre para su hijita.

Era difícil encontrar lo que buscaba, el era guapo, 40 años, lleno de vida. Pero el lastre de la niña era un impedimento en la mayoría de las ocasiones.

Encontró lo que buscaba, y por fin me dio aquello que tanto añoraba.

Era una mujer sencilla, buena, amante de los niños. Recuerdo sus primeras palabras, nada mas bajar del tren que me trajo hasta mi nuevo hogar.

No sabía que significaba, “lastana;” lo que si supe fue, que aquella mujer me miro con dulzura, que mis grandes y sorprendidos ojos se llenaron de lágrimas, al sentir sus manos acariciar mis pobres coletas, un cálido beso en mi mejilla, su voz, un poco aturullada, por la emoción al decirme: << lastana, desde ahora yo seré tu amatxu, si quieres me puedes llamar así>>.

Desde aquel instante me sentí una niña diferente. Volver a sentir el calor del hogar, fue el regalo más grande que podía tener.

Gracias padre por haberme dado una madre a la que quise, y me quiso, como si ella me hubiera parido, y me hizo sentir la grandeza de su alma, y el calor de un hogar ¡tantas veces soñado!

viernes, 12 de marzo de 2010

Una pequeña poesía

La noche extiende su manto
de mil estrellas bordado.
Le faltaban dos luceros
que en tu cara se han quedado.